
Hay juegos que se juegan y otros que se habitan. despelote pertenece, sin duda, al segundo grupo. Lejos de ser un simulador deportivo o una aventura convencional, esta obra es una viñeta costumbrista, una «burbuja de infancia» que nos transporta al Quito (Ecuador) de 2001. En aquel año, el país entero contenía la respiración ante su primera clasificación histórica para un Mundial, y ese momento de euforia colectiva sirve de telón de fondo para una historia sobre crecer, observar y patear un balón mientras la vida pasa.
Lo interesante es cómo el título captura esa sensación universal de que, cuando eres niño, los eventos «de adultos» te llegan filtrados pero con una intensidad arrolladora. El fútbol aquí no es solo deporte: es el aire que se respira en las calles, el ruido de fondo en los televisores de las tiendas de electrodomésticos y el único tema de conversación posible entre vecinos. despelote logra que sientas esa electricidad en el ambiente, esa mezcla de esperanza y nerviosismo de una nación que busca validación, pero siempre desde la perspectiva baja, a ras de suelo, de un chaval de 12 años.
Y es que, más allá de la fiebre mundialista, el juego es un tributo a esos tiempos muertos de la preadolescencia donde la única preocupación era no llegar tarde a casa para cenar. A través de los ojos de Julián (alter ego del creador), revivimos esa etapa donde la libertad se medía en las manzanas que podías recorrer lejos de tus padres y donde un balón gastado era la llave maestra para interactuar con el mundo. Es una obra que apela a la memoria sensorial: el olor a lluvia, el eco de un balonazo contra una persiana metálica y las risas con los amigos en el parque.
El verdadero protagonista es el ambiente
Encarnas a Julián, un niño de 12 años, pero la verdadera protagonista es la ciudad y su gente. La historia no te lleva de la mano con misiones concretas; en su lugar, el juego confía en la narrativa ambiental. Te enteras de lo que ocurre escuchando a tus padres en el salón, oyendo a la gente en el parque o viajando en el asiento trasero del coche. Es una historia contada «alrededor de ti» y no «hacia ti».
Esto crea una sensación de inmersión brutal si entras en su juego: la ansiedad por la dolarización del país, la esperanza del fútbol como vía de escape y representación nacional, o simplemente las travesuras de unos chavales saltándose clase. Sin embargo, exige que tú pongas de tu parte: si decides sentarte en un banco y no prestar atención, el juego te dejará hacerlo, y te perderás la magia.

Dándole patadas al balón
Es en el apartado jugable de despelote donde más división de opiniones puede haber. Si esperas un control preciso o sistemas de puntuación complejos, Despelote te pedirá que cambies el chip casi de inmediato. Su propuesta mecánica es tan sencilla como intencional: todo se reduce a interactuar con el mundo a través de una pelota. El esquema de control en primera persona es curioso y físico; utilizas un stick para cargar la fuerza de la pierna y el otro para apuntar, creando una sensación táctil que imita la imprecisión natural de darle una patada a un balón en la vida real. No se trata de meter goles en una escuadra imposible, sino de la satisfacción simple de chutar contra una pared, pasarla a un amigo o derribar una botella por pura travesura.

Esta mecánica de «chutar» actúa como tu verbo principal, tu forma de hablar con el entorno. A veces el juego te plantea pequeños objetivos (como un partido improvisado en el parque o molestar a alguien), pero la mayoría de las veces el balón es simplemente tu compañero de viaje mientras exploras. Hay una libertad refrescante en esto: puedes ignorar el balón y dedicarte a pasear, o puedes intentar colar la pelota por una ventana abierta. El juego no te juzga ni te premia con marcadores brillantes; simplemente te deja estar ahí, convirtiendo la acción de jugar en algo relajado y contemplativo, muy lejos de la presión competitiva habitual.
Sin embargo, esta ligereza es un arma de doble filo. Al eliminar casi cualquier barrera de dificultad o progresión tradicional, la experiencia puede sentirse a ratos más cercana a un walking simulator que a una aventura interactiva. Habrá momentos en los que tu única tarea sea esperar: esperar a que termine una clase, esperar a que te recojan en coche o esperar a que alguien termine de hablar. Es una decisión de diseño valiente que busca replicar el aburrimiento y la pasividad propios de la niñez (cuando tu agenda depende de los adultos), pero que puede resultar frustrante si buscas una participación más activa. El juego te pide paciencia y curiosidad; si no estás dispuesto a «rolear» esa pasividad y sumergirte en la atmósfera por tu cuenta, es posible que sientas que te falta «juego» entre las manos.

Un álbum de fotos en movimiento
Lo primero que te golpea es su estética. Despelote no se parece a nada que hayas jugado. El arte de Sebastián Valbuena mezcla personajes dibujados a mano (trazos negros sobre blanco, casi como bocetos en una libreta escolar) superpuestos en entornos 3D con un filtro granulado y bitonal. Esta decisión visual no es solo «bonita»; es narrativa. Funciona como la propia memoria: algo borrosa, imperfecta, pero llena de vida y movimiento. Es una dirección artística arriesgada que disfraza la falta de texturas realistas para crear una atmósfera onírica que, en movimiento, respira de verdad.
A esto se suma un apartado sonoro que es, sencillamente, el alma de despelote. Las voces están en español real (nada de doblajes neutros artificiales), capturando la jerga y la cadencia de la gente de Quito. El sonido ambiente (el murmullo de los televisores en los bares, las conversaciones ajenas sobre el partido de ayer, el ruido de la calle) te ancla al lugar de una forma que pocos títulos logran. Es autenticidad pura.

Conclusión
Despelote es una obra breve (apenas un par de horas) pero densa en sensaciones. Es un ejercicio de nostalgia que utiliza el fútbol como pegamento social para hablar de la niñez y la pertenencia. No es un juego para todo el mundo: su ritmo pausado y su falta de «gameplay» tradicional pueden echar para atrás a quienes busquen acción. Pero si te dejas llevar por su atmósfera, es una de esas pequeñas joyas indie que demuestran que los videojuegos también pueden ser poesía costumbrista.

Kalas
Veterano en esto de escribir sobre videojuegos, pero un día me cansé y decidí fundar mi propia web. No soy amante de las marcas, sino de los buenos juegos, aunque Nintendo ha estado muy presente en mi infancia. Sobrevivo en mi lucha por convertirme en un especialista en Asia Oriental.
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