
No es la primera vez que nos toca rebuscar chatarra en tierras malditas armados con un palo y mucha fe. El género del survival horror isométrico ha vivido una pequeña edad de oro gracias a títulos opresivos como Darkwood, que nos enseñaron a temer a la oscuridad. I Hate This Place (basado en el cómic homónimo de Image Comics) intenta entrar en ese club, pero lo hace con una propuesta radicalmente distinta: cambiar la suciedad y el terror psicológico por una paleta de colores vibrante y una estética cel-shading que entra por los ojos. Desarrollado por Rock Square Thunder, el juego promete trasladar el caos sobrenatural de las viñetas al mando, pero tras unas 8 horas de aventura, queda claro que tener un buen «look» no basta si las mecánicas y el pulido técnico no están a la altura de la tinta.
La idea sobre el papel es atractiva: un mundo donde todas las conspiraciones y monstruos existen a la vez, presentados con un estilo visual que recuerda a The Walking Dead de Telltale pero con más saturación. Sin embargo, lo que debería ser una experiencia fresca y única se siente, irónicamente, como un borrador a medio terminar. I Hate This Place tiene «alma» y momentos de brillantez en su diseño sonoro y visual, pero se tropieza constantemente con una ejecución áspera que frustrará tanto a los fans del cómic como a los veteranos del género.
Un rancho donde cabe todo (menos el miedo)
La premisa arranca de I Hate This Place con la sutileza de un ladrillazo: Elena y su amiga Lou intentan invocar a un «dios cornudo» (bajo la firme convicción de Lou de que «no es un demonio», spoiler: sale mal) y el ritual termina en desastre. Lou desaparece en el éter y Elena despierta sola en el rancho de sus tíos, un lugar que actúa como punto cero para todo tipo de actividad paranormal. Aquí el guion no tiene filtro: fantasmas vengativos, cultistas encapuchados, alienígenas grises, arañas gigantes y bestias tentaculares conviven en un mismo mapa. Es un potaje narrativo campy y alocado que podría haber sido divertidísimo, pero que termina sintiéndose desenfocado e indigesto por querer abarcar demasiado sin profundizar en nada.
El mayor problema para sumergirse en este caos es la desconexión emocional. Elena es una protagonista difícil de tragar; reacciona a los horrores cósmicos con una indiferencia pasmosa, soltando frases con un tono casi aburrido mientras las paredes se cierran a su alrededor. Esta falta de urgencia, sumada a una actuación de voz plana por parte del elenco, elimina cualquier rastro de tensión real. Además, la estructura de misiones es confusa: el juego te suelta en el mundo sin apenas dirección, esperando que tengas la paciencia (y el sentido de la orientación) para descubrir qué hacer, solo para recompensarte con un final abrupto y poco satisfactorio.

El sonido del silencio (y de la escopeta)
En lo jugable, I Hate This Place brilla y falla a partes iguales, mostrando una dualidad frustrante. Su mecánica más interesante y lograda es el sigilo acústico: gran parte del bestiario es ciego y reacciona exclusivamente al ruido. El juego traduce esto brillantemente al lenguaje del cómic mediante onomatopeyas visuales que cambian de color (amarillo, azul, rojo) según el estruendo que provocas. Esto genera momentos iniciales de tensión genuina, donde pisar accidentalmente cristales rotos o chapotear en el agua puede atraer a una horda.
Sin embargo, esta tensión se desmorona a medida que avanzas. El sistema de crafteo y la gestión del rancho, que al principio imponen respeto por la escasez, acaban rompiendo el juego. Necesitas recolectar planos para fabricar herramientas clave (dinamita, cuerdas) y desbloquear nuevas áreas, lo cual es satisfactorio. Pero una vez que construyes las estructuras de producción en tu base (huertos, bancos de trabajo), la economía se infla descontroladamente. De repente, te encuentras nadando en munición, botiquines y explosivos. El miedo a la muerte desaparece cuando vas armado hasta los dientes, transformando lo que era un survival horror tenso en un paseo militar donde masacras enemigos sin preocuparte por los recursos.

Combate tosco y bugs de imprenta
Cuando el sigilo falla y toca pelear, la experiencia se vuelve áspera y poco gratificante. El control es decididamente tosco: el apuntado isométrico con armas de fuego es impreciso y a menudo frustrante, especialmente con los objetos arrojadizos. El combate cuerpo a cuerpo no sale mejor parado, sufriendo de unas hitboxes dudosas y una inconsistencia de daño absurda, donde a veces un simple bate de béisbol resulta más letal que una escopeta. La poca variedad de enemigos (apenas una decena de modelos que se repiten) hace que los enfrentamientos se vuelvan monótonos rápidamente.

A esto se suma una falta de pulido técnico evidente en todas las plataformas. Desde caídas de framerate inexplicables en consolas potentes hasta bugs graves que pueden dejar a Elena atascada en el escenario obligando a reiniciar. Misiones que no se actualizan en el diario, jump scares (como un tren fantasma) que se repiten en bucle perdiendo todo impacto, y pantallas negras al usar el viaje rápido son solo algunos de los «glitches de imprenta» que manchan la experiencia final. Y por lo que sea, si cambias de habitación porque estés, por ejemplo, huyendo de un enemigo, la bestia no reinicia su posición, por lo que, a menos que cargues la partida, cada vez que intentes ingresar en la misma habitación, el monstruo estará esperándote en la puerta, imposibilitando ingresar y avanzar sin recibir algún golpe (cargar la partida se tornó la única solución en mi caso).
Visualmente, eso sí, I Hate This Place tiene personalidad a raudales. El estilo cómic con colores saturados, contrastes fuertes y luces dinámicas le sienta genial y lo diferencia de la grisura habitual del género, recordándonos a ratos a la estética de The Walking Dead. Es un deleite ver cómo el ciclo día/noche transforma los escenarios, pasando de bosques vibrantes a pesadillas llenas de sombras alargadas. Además, el diseño de los monstruos apuesta por lo grotesco con bastante acierto, acompañado de un apartado sonoro lleno de gruñidos lejanos y sonidos viscosos que logran construir, al menos en lo estético, la atmósfera que el juego no termina de conseguir en lo jugable. Lástima que las animaciones rígidas de los personajes y la escasa variedad de modelos resten vida al conjunto

Conclusión
I Hate This Place es el clásico caso de «quiero y no puedo». Es un título con una identidad visual arrolladora y un par de mecánicas de sigilo acústico realmente ingeniosas, pero que se desmorona bajo el peso de su propia ambición y una falta de pulido generalizada. Lo que comienza como una promesa fresca de terror pulp acaba diluyéndose en una rutina de gestión trivial, un combate frustrante y una narrativa que nunca llega a despegar del todo ni a conectar con el jugador.
Es una pena, porque los cimientos para algo único están ahí, enterrados bajo bugs y decisiones de diseño cuestionables. Con una duración breve de unas ocho/nueve horas, un final abrupto y una rejugabilidad nula (al carecer de modos extra o New Game+), es difícil recomendar I Hate This Place entusiastamente. Puede servir como una curiosidad estética para una tarde aburrida si eres muy fan del cómic original o si estás dispuesto a perdonar sus muchas asperezas técnicas, pero si buscas un survival horror que te mantenga al borde del asiento por sus mecánicas y tensión real, aquí encontrarás más frustración que miedo.

Kalas
Veterano en esto de escribir sobre videojuegos, pero un día me cansé y decidí fundar mi propia web. No soy amante de las marcas, sino de los buenos juegos, aunque Nintendo ha estado muy presente en mi infancia. Sobrevivo en mi lucha por convertirme en un especialista en Asia Oriental.