
Tiny Bunny es una novela visual de terror psicológico desarrollada por el estudio independiente Saikono, que ha logrado trascender el nicho del género gracias a una propuesta estética y narrativa muy singular. Ambientada en una remota aldea de la taiga siberiana durante los años 90, la obra no solo busca el miedo a través de lo sobrenatural, sino que sumerge al jugador en una atmósfera opresiva cargada de realismo sucio, folclore eslavo y la crudeza del invierno ruso.
Lanzado inicialmente de forma episódica en 2020 y completado con su versión final hace poco, el título ha sido aclamado por su capacidad para mezclar el drama de una familia disfuncional con el terror cósmico y las leyendas locales.
No estamos ante un simple juego de sustos, sino ante una experiencia narrativa densa, basada en el relato homónimo de Dmitry Mordas, que utiliza el formato de novela visual para explorar temas como el aislamiento, el acoso escolar y la pérdida de la inocencia en un entorno donde la realidad y la pesadilla se difuminan. Su recepción ha sido notablemente positiva, destacando por una dirección artística hecha a mano que lo diferencia de casi cualquier otro exponente actual en el mercado indie.
Tiny Bunny
La trama de Tiny Bunny nos transporta a una aldea perdida en medio de la nieve, donde Anton Petrov, un niño de sexto grado, llega con su familia (su hermana pequeña Olya y sus padres) intentando dejar atrás problemas del pasado. Sin embargo, el nuevo hogar está lejos de ser un refugio: la atmósfera doméstica es tensa y volátil, y el entorno exterior, hostil y silencioso, esconde secretos que los adultos prefieren ignorar.
El conflicto principal se desata con una serie de desapariciones de niños en la zona. La policía está desconcertada y el pueblo vive sumido en el miedo, pero Anton empieza a percibir una realidad paralela: huellas que no corresponden a animales conocidos, sombras que bailan entre los árboles y la presencia inquietante de figuras enmascaradas, con rostros de liebre, zorro y oso, que parecen acecharlo y llamarlo desde el bosque.

Lo brillante de Tiny Bunny es cómo entrelaza dos capas de horror: el mundano y el sobrenatural. Por un lado, Anton debe enfrentarse al acoso brutal en la escuela y a la desintegración de su propia familia; por otro, el bosque lo tienta con promesas oscuras y una conexión con entidades antiguas del folclore. La historia no te dice simplemente que hay monstruos; te hace dudar de si esos monstruos son reales o proyecciones del trauma de Anton. Las decisiones que tomas no solo afectan su supervivencia física, sino su alineamiento moral: ¿te aferrarás a tu humanidad a pesar del dolor, o te dejarás seducir por la «manada» y su naturaleza salvaje?
A medida que avanzan los episodios, el misterio de las desapariciones se vuelve más complejo, revelando una mitología propia (basada en leyendas eslavas reinterpretadas) que dota al bosque de una entidad casi divina y malévola. El guion no tiene miedo de ser cruel y melancólico, construyendo un relato de «coming-of-age» retorcido donde crecer significa, a menudo, aceptar horrores que un niño nunca debería ver.

Point and click
Aunque Tiny Bunny se enmarca en el género de la novela visual, su propuesta jugable va más allá de pasar texto pasivamente. El núcleo de la experiencia reside en un sistema de elecciones ramificadas con consecuencias profundas y, a menudo, irreversibles. No se trata solo de cambiar una línea de diálogo; tus decisiones determinan quién vive, quién muere y qué versión de la verdad descubre Anton al final. El juego cuenta con múltiples rutas y finales distintos, fomentando la rejugabilidad para reconstruir el rompecabezas completo de la historia y el folclore que la sustenta.

Además de la narrativa, el título integra mecánicas de exploración point-and-click en momentos clave. Estas secuencias rompen el ritmo de lectura y te obligan a interactuar con el entorno: buscar objetos en tu habitación, examinar pistas en el bosque o resolver pequeños puzles lógicos para avanzar. No son desafíos complejos de habilidad, pero sí herramientas efectivas para sumergirte en la atmósfera y obligarte a prestar atención a los detalles macabros del arte.
Un aspecto interesante es cómo el juego gestiona la tensión sin recurrir a mecánicas de acción tradicionales. En lugar de barras de vida, tienes «encrucijadas morales» y momentos de límite de tiempo implícito o presión psicológica, donde elegir la opción equivocada puede llevar a un «Game Over» abrupto y perturbador. El diseño te hace sentir vulnerable: eres un niño en un mundo de peligros, y esa indefensión se traslada al jugador, que debe pensar cuidadosamente cada paso no por estrategia de combate, sino por puro instinto de supervivencia.

El ritmo de Tiny Bunny es deliberadamente pausado, permitiendo que la incomodidad crezca poco a poco. Esto contrasta con las novelas visuales románticas o de acción rápida; aquí, la jugabilidad es una herramienta para el suspense. Incluso la interfaz de usuario, minimalista y estilizada, está pensada para no romper la inmersión, integrándose con el estilo de dibujo a mano para que sientas que estás «jugando» dentro de una ilustración viva.
Horror a blanco y negro
El apartado visual es, sin discusión, el alma de Tiny Bunny. Todo el juego está dibujado a mano con un estilo que imita el grafito sobre papel, utilizando una paleta estricta de blanco y negro. Esta decisión estética no es un mero recurso técnico, sino narrativo: evoca la frialdad del invierno siberiano, la oscuridad de los bosques y la sensación de estar atrapado en un recuerdo antiguo o un cuento infantil perverso. Los trazos son sucios, detallados y expresivos, capaces de transmitir tanto la inocencia de los rostros infantiles como el horror visceral de las criaturas y visiones que atormentan a Anton.

El uso del color es mínimo y quirúrgico: solo elementos clave como la sangre, ciertas luces o detalles mágicos rompen la monocromía, lo que dota a esos momentos de un impacto visual tremendo. Es una técnica similar a la de Sin City, donde el color sirve para dirigir la atención y subrayar la violencia o lo sobrenatural.
En cuanto al sonido, el diseño de audio de Tiny Bunny es envolvente y opresivo. La banda sonora, compuesta principalmente por el artista Volor Flex (y con contribuciones de otros músicos de la escena dark ambient rusa), se aleja de melodías pegadizas para construir paisajes sonoros de ambiente oscuro, drones y ruidos industriales que generan una tensión constante. No escuchas «música de miedo» típica; escuchas el crujir de la nieve, el viento aullando entre los árboles y sonidos guturales que te hacen mirar atrás.

El doblaje original en ruso (con subtítulos) es otro punto fuerte de Tiny Bunny, aportando una autenticidad cultural innegable. Las actuaciones de voz son crudas y emotivas, capturando perfectamente el miedo de los niños y la agresividad o apatía de los adultos. Jugarlo con las voces originales es casi obligatorio para entender el tono de la obra, ya que la entonación y el idioma refuerzan esa ambientación post-soviética tan específica que define la identidad del juego. Aunque eso si, no encontraréis subtítulos en español, solo en inglés.
Conclusión

Tiny Bunny no es un juego de terror convencional; es un cuento de hadas oscuro y cruel que se te mete bajo la piel. Su combinación de arte evocador, narrativa madura y atmósfera asfixiante lo convierte en una de las novelas visuales más destacadas de los últimos años. Si buscas acción rápida, no es para ti; pero si disfrutas de historias que se cuecen a fuego lento y te dejan pensando mucho después de apagar la pantalla, esta visita al bosque siberiano es imprescindible. Un título que demuestra que el terror más efectivo es el que no necesitas ver para sentir. Podéis descubrir más sobre el juego en su web oficial.

Yukop_
He visto más animes de los que puedo recordar. Con un mando entre las manos desde que tengo uso de consciencia. Maestra y futura especialista en Asia Oriental. Tengo demasiados hobbies para el poco tiempo que tengo.