
Trash Goblin, desarrollado por Spilt Milk Studios, es uno de esos juegos que no necesitan fuegos artificiales para brillar. A medio camino entre un simulador de tienda y un taller de restauración, este título nos pone en la piel, o más bien en las garras, de un simpático goblin que transforma basura en tesoros. Su propuesta es clara: limpiar, reparar, combinar objetos y venderlos a curiosos clientes, todo a un ritmo pausado, sin presión, en un entorno que apuesta por lo acogedor y lo relajante.
Aunque tuvo una etapa inicial en acceso anticipado, fue con su lanzamiento completo en mayo cuando empezó a llamar la atención de quienes buscan una experiencia tranquila, sin estrés ni dificultad agresiva. Lejos del bullicio de otros simuladores más complejos, Trash Goblin apuesta por mecánicas sencillas pero envolventes, un diseño artístico reconfortante y una progresión que premia la constancia más que la estrategia.
Llevando la tienda
En Trash Goblin, la historia no se impone, sino que se va revelando de forma natural, casi como un susurro entre trastos polvorientos y chismes olvidados. No hay grandes escenas cinemáticas ni diálogos extensos, pero sí una narrativa ambiental que se construye con cada objeto restaurado, con cada cliente atendido, con cada rincón decorado en tu tienda.
Asumes el papel de un goblin que hereda su propio taller en un rincón olvidado del mundo. No se trata de un héroe ni de un salvador: es alguien que hace lo que puede con lo que tiene. Con herramientas básicas y muchas ganas, empieza a recoger basura, desenterrar reliquias y darles una segunda oportunidad. Es un comienzo humilde, pero lleno de potencial. Y ahí es donde reside gran parte del encanto.

A medida que avanzas, tu pequeño taller se llena de vida. No solo mejoras tus herramientas o amplías tu espacio, también vas conociendo a los personajes que pasan por tu tienda. Algunos son clientes anónimos con encargos curiosos; otros se convierten en visitantes recurrentes con pequeñas historias que van cobrando forma con el tiempo. Un coleccionista de palanganas, un amante de objetos extraños, una clienta nostálgica… Todos ellos añaden una capa de calidez que, aunque sutil, enriquece la experiencia.

No hay una historia épica ni un gran conflicto que resolver, pero eso es precisamente lo que hace especial a Trash Goblin. Su narrativa se vive en lo cotidiano: en el ritual de limpiar un objeto, en la sonrisa de un cliente satisfecho, en los detalles que vas descubriendo al decorar tu tienda a tu gusto. Es un juego que encuentra belleza en lo trivial, y que transforma el acto de reciclar en una forma de conexión emocional con el entorno y sus habitantes.
Encontrando chismes
La jugabilidad de Trash Goblin se apoya en un bucle simple pero efectivo, construido alrededor de la idea de transformar desechos en objetos valiosos. El juego comienza de forma modesta: cuentas con un pequeño espacio de trabajo, herramientas rudimentarias y acceso limitado a materiales. Desde el primer momento, el objetivo es claro: excavar entre montones de basura, rescatar lo que merezca una segunda vida, restaurarlo con mimo y venderlo al mejor postor. Todo ello sin relojes, sin presiones y con total libertad para avanzar a tu ritmo.

El proceso de recuperación empieza con la extracción de objetos ocultos dentro de bloques de impurezas. Usando un cincel, debes romper cuidadosamente las partes que recubren la pieza sin dañarla. Es un pequeño minijuego que mezcla observación y repetición, aportando una sensación casi meditativa. Una vez liberada, la pieza pasa a la mesa de limpieza, donde una esponja será tu herramienta principal. Aquí el objetivo es frotar cada rincón hasta devolverle su brillo original, girando y manipulando el objeto desde distintos ángulos. Aunque puede parecer monótono sobre el papel, en la práctica resulta una actividad muy placentera, que remite a esa satisfacción tan particular de ver cómo algo sucio y abandonado recupera su forma y dignidad.

Con los objetos ya restaurados, llega el momento de atender a los clientes. Los visitantes llegan con pedidos concretos o simplemente con la intención de curiosear. Cada venta se convierte en una pequeña historia: algunos compradores buscan reliquias específicas por razones sentimentales, otros simplemente quieren decorar sus casas con rarezas. Aquí no hay regateos ni dinámicas de negociación complejas: eliges qué vender, aceptas la oferta y obtienes la recompensa. Esa simplicidad, lejos de ser una carencia, encaja perfectamente con el tono general de Trash Goblin, que nunca busca estresar al jugador ni exigir una toma de decisiones drástica.

A medida que avanzas, puedes invertir tus ganancias en mejorar tus herramientas, ampliar tu espacio de trabajo, decorar tu tienda o desbloquear nuevas formas de combinar piezas. Por ejemplo, hay estaciones de “reutilización” que te permiten fusionar dos objetos restaurados para crear una versión más valiosa o excéntrica. Estas combinaciones añaden una ligera capa de estrategia al proceso, animándote a experimentar con los materiales que has ido acumulando. También puedes explorar el mercado exterior, donde se venden objetos adicionales o se liberan encargos especiales, aportando algo más de variedad al día a día en la tienda.
Trash Goblin estructura su ritmo en torno a una especie de sistema por turnos. Cada día tienes un número limitado de acciones, lo que implica que debes elegir con cuidado en qué tareas te quieres centrar: excavar más piezas, dedicar tiempo a limpiar, trabajar en combinaciones o abrir la tienda al público.

Esta limitación, sin embargo, no supone una presión real. Si un día no te da tiempo a completar un encargo, simplemente lo retomas al siguiente. No hay penalizaciones, y el propio juego te anima a tomártelo con calma. Algunos jugadores pueden encontrar esta estructura algo artificial, como si interrumpiera el flujo natural de la experiencia, pero también es una forma de invitar a la pausa y evitar la sobreexplotación.
En conjunto, la jugabilidad de Trash Goblin ofrece una experiencia deliberadamente relajada, centrada en pequeñas tareas manuales que se repiten con variaciones sutiles. Es cierto que la repetición está muy presente, y quienes busquen un sistema profundo o desafiante pueden sentirse limitados al cabo de unas horas. Pero para aquellos que encuentran placer en la rutina acogedora y en el progreso sin sobresaltos, el juego se convierte en una especie de ritual diario, casi terapéutico, donde cada objeto cuenta una pequeña historia, y cada jornada en la tienda es una oportunidad para cuidar, transformar y compartir.

Diseño simpático
El apartado visual de Trash Goblin no apuesta por el hiperrealismo ni por los efectos deslumbrantes. Su fuerza reside en una estética cuidadosamente estilizada, acogedora y funcional. El diseño del entorno, la tienda, los objetos, las herramientas, sigue una línea visual limpia, con colores cálidos y formas redondeadas que transmiten familiaridad.

Cada objeto que descubres tiene su propia personalidad visual. Aunque no hablamos de un catálogo hiper detallado, sí hay una variedad muy cuidada en los trastos que puedes encontrar: desde relojes oxidados hasta teteras agrietadas, pasando por pequeñas esculturas o piezas de mobiliario rotas. Al restaurarlas, se revelan texturas ocultas, materiales brillantes o formas extravagantes que despiertan la curiosidad.
El interfaz de Trash Goblin también acompaña esta filosofía visual. Es limpio, bien organizado, sin distracciones ni sobrecarga de información. Los menús y ventanas emergentes utilizan tipografías suaves y transiciones fluidas, evitando el ruido visual. Incluso las notificaciones de nuevos clientes o logros desbloqueados tienen un diseño amable, integrado con el conjunto y sin romper el ritmo de juego. Todo el apartado gráfico está construido con una premisa muy clara: no estorbar, sino acompañar.

En cuanto al sonido, Trash Goblin sigue la misma línea de sobriedad y calidez. No hay música constante ni melodías invasivas. En su lugar, se opta por una ambientación sonora basada en ruidos suaves y efectos bien medidos: el tintineo metálico de las herramientas, el sonido húmedo de la esponja al frotar, el leve crujido de un objeto que se rompe por accidente. Cada acción tiene su propio sonido distintivo, lo que refuerza la sensación de tacto y peso en las tareas cotidianas. De hecho, es un juego que muchos jugadores prefieren jugar con auriculares, simplemente para dejarse llevar por ese universo de sonidos tenues y envolventes.
En determinados momentos en Trash Goblin, aparecen piezas musicales puntuales, normalmente al completar alguna tarea significativa o durante las escenas de atención al cliente. Estas piezas son igualmente suaves, con melodías que evocan lo cotidiano y lo nostálgico, usando instrumentos acústicos o sintetizadores minimalistas. No intentan llamar la atención, sino acompañar la experiencia como lo haría una banda sonora ambiental en una tienda real.

Conclusión
Trash Goblin no es un juego que quiera deslumbrarte con giros argumentales ni retarte con sistemas complejos; su magia reside en lo pequeño, en lo cotidiano, en esa rutina de limpiar un objeto y ver cómo, poco a poco, tu tienda se convierte en un espacio lleno de personalidad. Es una experiencia pensada para quienes disfrutan del ritmo pausado, del placer de cuidar, restaurar y dar valor a lo que otros desechan. En su sencillez encuentra profundidad, en su repetición, consuelo, y en su mundo tranquilo, un refugio donde el tiempo parece detenerse lo justo para respirar.
Podéis descubrir más sobre el juego en su página oficial. También podéis disfrutar aquí de otros de nuestros análisis.

Yukop_
He visto más animes de los que puedo recordar. Con un mando entre las manos desde que tengo uso de consciencia. Maestra y futura especialista en Asia Oriental. Tengo demasiados hobbies para el poco tiempo que tengo.