
Dicen que nadie es profeta en su tierra, pero el estudio madrileño Vermila Studios ha llegado para desafiar ese dicho de la mano del gigante del terror Blumhouse Games. Conocida por producir éxitos cinematográficos de bajo presupuesto pero alto impacto como Paranormal Activity o M3GAN, la productora ha aplicado esa misma filosofía a su división de videojuegos: apostar por creadores independientes con visiones únicas y arriesgadas. Crisol: Theater of Idols no es solo otro survival horror en primera persona que imita a Resident Evil; es una carta de amor macabra al folclore español, una pesadilla ambientada en una «Hispania» alternativa donde la Semana Santa, los toros y la sangre se mezclan en un cóctel tan fascinante como grotesco.
Lo que hace especial a Crisol: Theater of Idols es que no se conforma con ser un «pasillo del terror» genérico. Es un juego con identidad propia, que abraza sus raíces culturales sin complejos y las retuerce hasta convertirlas en material de pesadilla. Mientras otros títulos del género apuestan por sustos fáciles (jumpscares) o gráficos fotorrealistas vacíos, Vermila construye una atmósfera densa y opresiva, cargada de simbolismo religioso y costumbrismo rural. Es una propuesta valiente que demuestra que el terror no necesita presupuestos millonarios para calar hondo, sino ideas frescas y una ejecución apasionada que respete la inteligencia (y los nervios) del jugador.
Tormentosa: Una España de pesadilla
La ambientación es, sin duda, la protagonista absoluta de Crisol: Theater of Idols. Viajamos a la isla de Tormentosa, un lugar maldito donde siempre llueve y donde la arquitectura de los pueblos blancos se retuerce bajo una maldición antigua. Encarnas a Gabriel, un soldado devoto del Dios Sol enviado para detener el avance del Mar y encontrar las cuatro dagas sagradas que sellarán este conflicto divino. Pero lo que comienza como una misión de fe se transforma rápidamente en un descenso a la locura, explorando iglesias ruinosas, callejones empedrados y ferias macabras, todo ello bajo una imaginería religiosa omnipresente que convierte lo sagrado en algo profundamente inquietante.

Los enemigos que pueblan esta «Hispania» alternativa no son zombis genéricos, sino figuras que evocan los pasos de Semana Santa y el arte sacro más visceral. Te enfrentarás a estatuas de madera y porcelana que, al recibir disparos, no solo sangran, sino que se astillan y desmembran con un crujido de madera vieja que te helará la sangre. Gabriel tendrá que hacer uso de su propia sangre para crear balas para sus armas, en una suerte de tétrico testimonio de que, si deseas poder defenderte de estas obscenas criaturas de madera, tendrás que hacerlo a costa de tu propia vida (si es que realmente puede considerarse que nuestro protagonista sigue «con vida») Todo en Crisol: Theater of Idols respira una identidad española profunda y orgullosa, a la que no le importa apoyarse en sus más profundas raíces culturales (clichés turísticos para muchos, sí) dando forma a una obra compleja de imaginar: simbolismo cristiano, toreo, flamenco, gigantes y cabezudos, Calderón de la Barca y, entre medias, no se priva de mostrar algún que otro jamón (símbolo gastronómico por antonomasia de nuestro país).

La sangre es vida… y munición
Mecánicamente, Crisol: Theater of Idols toma la valiente decisión de convertir tu vida en tu recurso ofensivo. Recargar tu arma consume tu propia salud. Gabriel, el protagonista, se clava agujas en el brazo para extraer su sangre y alimentar sus armas, en una animación visceral y dolorosa que nunca deja de impresionar (y doler). Este sistema de «riesgo-recompensa» crea una tensión constante. Cada bala cuenta literalmente. ¿Disparas a ese enemigo y pierdes vida, o te arriesgas a acercarte con el cuchillo (que se desafila y requiere mantenimiento) para ahorrar sangre? Te verás constantemente buscando cadáveres de animales para drenar su sangre o jeringuillas que puedas usar después a modo de recurso curativo. Si la mecánica te supera, el juego ofrece dificultades ajustables, pero la verdadera experiencia reside en sentir el peso de cada disparo.

El combate brilla en espacios abiertos, donde puedes maniobrar y usar el entorno, pero sufre en las distancias cortas. Al no haber granadas ni trampas de área (salvo algún barril explosivo ocasional) y carecer de opciones de plataformeo, quedarte arrinconado puede ser una sentencia de muerte frustrante. Tienes un giro rápido y un parry con la daga, pero su utilidad es muy limitada frente a grupos numerosos. Afortunadamente, un sistema de progresión sólido te permite visitar a una suerte «pitonisa amistosa» (la Plañidera) para mejorar tus armas con Toros de Plata (la moneda nacional del juego y de Espa… nah, que va, ojalá, solo de Crisol: Theater of Idols, nosotros seguimos encadenados al Euro) y desbloquear habilidades con reliquias de cuervos y esencia (la brindan los enemigos al ser derrotados y unos pequeños querubines de porcelana repartidos por el escenario). Este sistema de mejoras es vital, especialmente para ampliar la capacidad de munición o la velocidad de disparo, haciendo que Gabriel pase de ser un superviviente desesperado a un soldado capaz. Asimismo, el puesto de la Plañidera también actúa como un punto de guardado, con una bola de cristal morada que permite registrar el progreso y, en ocasiones, puede aparecer también dispersa por el mapa sin necesidad de su dueña de cuerpo presente. Desafortunadamente, las partidas guardadas a veces pueden parecer pocas y espaciadas, y el sistema de guardado automático incorporado del juego no siempre es perfecto; por lo tanto, hubo algunas ocasiones en las que, cargando mi última partida, había perdido parte del progreso.

Exploración sectorial y puzles inteligentes
La isla de Tormentosa es sorprendentemente amplia y está llena de secretos, invitando a explorar cada rincón. El mapa es una herramienta indispensable y bien diseñada: marca en azul las zonas completadas y en rojo aquellas donde aún quedan objetos o puzles pendientes, eliminando la necesidad de guías externas. Desde jeringuillas para reponer sangre cuando sea necesario hasta vinilos o pergaminos, pasando por amplificadores de salud en forma de sangre de santo, sin olvidarse de los cuervos cautivos de la Plañidera (cuya liberación conllevará una gratificación por parte de la bruja en forma de descuentito), el juego dispone de suficientes incentivos para que vayas con los ojos bien abiertos por cada nueva zona que visites. Por otro lado, los puzles, herederos de la lógica de Resident Evil, son ingeniosos sin llegar a ser obtusos, integrándose perfectamente en la narrativa y el entorno.

En el centro de todo se encuentra la Feria de Tormentosa, una zona segura que actúa como respiro entre tanta muerte (un clásico hub). Aquí puedes relajarte con minijuegos de feria para ganar tickets y premios, o abrir cofres del tesoro con broches secretos. Es un contraste bienvenido que aligera la tensión antes de volver a sumergirte en la oscuridad.
Hay un tercer pilar jugable en Crisol: Theater of Idols amén del gunplay (los disparos) y los rompecabezas… ¡El sigilo! No tengo ningún problema con el sigilo en los juegos de terror, aunque cuando un juego se centra al completo en eso (sí, por eso Metal Gear siempre será una franquicia pendiente para mí) se aleja completamente de mis intereses. Y aquí, el sigilo no aporta realmente demasiado, más allá de la omnipotente presencia de Dolores, nuestra mastodóntica acechadora mecánica. Al menos, las secciones que requieren de sigilo no son demasiadas y están medianamente bien acotadas. Generalmente, burlar a Dolores es sencillo siempre y cuando consigas llegar hasta un escondite que, por su tamaño, te mantenga seguro por la imposibilidad de que esta monstruosidad pueda entrar (desde el interior de un edificio hasta un contendedor metálico), pero ojo, que alarga la mano y puede cogerte. Y ojo, si no tienes cuidado puede pasarte como a mi, que durante la misión de las sirenas, acabé saliendo a una zona por la que Dolores pasea y, por mala suerte, estaba posicionada justo delante de la puerta por la que yo salía (nada pude hacer más que morir)

Un retablo barroco en movimiento
Crisol: Theater of Idols es, ante todo, un triunfo de la dirección artística sobre la fuerza bruta tecnológica. Vermila Studios ha creado un mundo que se siente «pesado», húmedo y antiguo. La iluminación juega un papel fundamental, bañando las iglesias en ruinas y los callejones empedrados con una luz tenue y espectral que resalta las texturas de madera carcomida y piedra mojada. El diseño de los enemigos es la joya de la corona: ver cómo esas estatuas de madera de corte religioso se desmoronan físicamente ante tus disparos, perdiendo extremidades y revelando su interior hueco, es un espectáculo grotesco que nunca cansa. Los efectos de partículas, como el polvo flotando en las naves de las catedrales o la lluvia incesante en el exterior, contribuyen a una atmósfera densa que casi se puede masticar.

Sin embargo, esta ambición visual pasa factura al rendimiento. En PC, incluso con equipos de gama alta (RTX 4070 Ti), el juego sufre de stuttering (pequeños parones) ocasionales y caídas de frames al cargar nuevas áreas, lo que denota una falta de pulido final en la optimización. En Steam Deck, curiosamente, la experiencia es bastante sólida con algunos ajustes, lo que habla bien de su escalabilidad. El apartado sonoro merece una mención especial: el sonido 5.1 es envolvente y aterrador, con crujidos de madera, lamentos lejanos y una banda sonora que mezcla guitarras españolas con tonos industriales, creando una identidad auditiva única. Las voces en español varían, aunque el cómputo general es favorable; destacando la actuación de Mediodía, que me resulta muy entrañable, y de Arroyo, que también me gusta bastante.

Conclusión
Crisol: Theater of Idols es una de esas joyas imperfectas que, precisamente por sus aristas, acaban brillando con más fuerza que muchas superproducciones pulidas pero sin alma. Vermila Studios ha logrado lo más difícil en un mercado saturado: tener identidad propia. Es un juego brutal, castizo y valiente, que no pide perdón por sus raíces ni por sus decisiones de diseño arriesgadas. Ofrece una campaña generosa de entre unas quince y veinte horas por un precio ridículamente bajo (menos de 20€), llena de combates tensos, puzles gratificantes y una ambientación que se te quedará grabada en la retina mucho después de los créditos finales.
No es perfecto, ni mucho menos. Sus secciones de sigilo pueden sacarte de quicio y su rendimiento técnico necesita un par de parches más. Pero si eres capaz de perdonar estos deslices, te encontrarás con una experiencia de survival horror genuina, fresca y memorable. Si te gusta el género pero estás cansado de los mismos escenarios americanos o castillos europeos genéricos, este viaje a la España más oscura y folclórica te atrapará sin remedio. Solo prepárate para sangrar; aquí, literalmente, te va la vida en ello.

Kalas
Veterano en esto de escribir sobre videojuegos, pero un día me cansé y decidí fundar mi propia web. No soy amante de las marcas, sino de los buenos juegos, aunque Nintendo ha estado muy presente en mi infancia. Sobrevivo en mi lucha por convertirme en un especialista en Asia Oriental.