
Desde que Demon’s Souls inauguró el subgénero Soulslike, los juegos de FromSoftware se han definido por su dificultad implacable, su narrativa fragmentada y un diseño de mundo enigmático que premia la curiosidad y la perseverancia. Elden Ring, en 2022, llevó esa fórmula a nuevas cotas de excelencia al expandirla a un mundo abierto, dando lugar a una obra monumental donde perderse durante cientos de horas. Su éxito no solo consolidó a Hidetaka Miyazaki como uno de los autores más influyentes de la industria, sino que desató debates que aún persisten: ¿es la experiencia souls mejor en solitario, tal como nació, o gana profundidad cuando se comparte en multijugador?
Elden Ring: Nightreign entra directamente en ese terreno de tensión. No es una secuela, sino un spin-off enfocado casi por completo en la experiencia cooperativa y la rejugabilidad roguelike. Aquí no hay un viaje épico solitario en busca de la redención o el poder, sino un combate crudo y cíclico donde la compañía no solo es deseable, sino prácticamente imprescindible. Y es ahí donde este experimento narrativo y jugable encuentra tanto sus mayores aciertos como sus limitaciones más evidentes.
Un oscuro viaje en compañía
La narrativa de Nightreign tiene lugar en una línea temporal alternativa de Elden Ring. Aquí, Marika nunca rompió el Círculo de Elden; en su lugar, fueron los Nox —una civilización subterránea desterrada en el lore original— quienes derrocaron a la Orden Dorada, destruyeron el Árbol Áureo y sumieron el mundo en la oscuridad. El jugador encarna a un guerrero convocado desde las ruinas de distintos reinos para enfrentar a los Señores de la Noche y frenar el avance de la penumbra.

La historia se despliega de forma más contenida y fragmentaria que en el Elden Ring base. El foco no está en explorar a fondo el mundo o reconstruir mitologías, sino en acompañar a los personajes seleccionables —los Nightfarers— a través de pequeñas líneas narrativas personales. Aunque hay destellos interesantes y algunas escenas memorables, el progreso suele estar ligado a combates repetidos o tareas poco inspiradas, lo que diluye su impacto. Aun así, el tono oscuro, el simbolismo decadente y la construcción ambiental siguen presentes para quienes sepan buscar entre las sombras.
Una mecánica forjada en las brasas del caos
Nightreign es un roguelike multijugador de sesiones rápidas (entre 30 y 45 minutos), donde el objetivo es sobrevivir tres jornadas in-game para enfrentarse a un jefe final, el Nightlord. El mapa se genera proceduralmente en cada partida, con zonas infestadas de enemigos, jefes intermedios, fortalezas, iglesias y materiales de mejora. Todo ello, mientras una «tormenta» al estilo battle royale va reduciendo el espacio disponible.

La fórmula resulta vibrante pero también agotadora. El frenetismo de cada run obliga a priorizar velocidad por encima de exploración, y la sensación de descubrimiento, tan icónica en FromSoftware, queda relegada. En el lado positivo, la presión constante añade una tensión adictiva que convierte cada decisión en una apuesta: ¿arriesgarse con un jefe para conseguir mejor equipo o conservar fuerzas para el Nightlord? Además, los eventos dinámicos como la Tierra Cambiante otorgan una capa táctica adicional que puede alterar la estrategia de una partida entera.
Tres o nada: la apuesta cooperativa
Nightreign no permite dúos. Juegas solo o en escuadras de tres, sin término medio. Y eso marca profundamente la experiencia. El juego está claramente diseñado para la cooperación: enemigos que exigen múltiples frentes, habilidades complementarias, revivir aliados… Jugar en solitario no solo es difícil, sino a menudo frustrante. El diseño no perdona, y muchas mecánicas se vuelven injustas sin un equipo.

Lo más desconcertante es que no hay chat de voz integrado, ni crossplay. Dos decisiones que, en un título enfocado al multijugador, se sienten desconectadas del contexto actual. La comunicación no verbal es limitada y el matchmaking, aunque funcional, sufre especialmente en las horas de menor tráfico o cuando los jugadores se dispersan tras desbloquear nuevos jefes. Aun así, hay cierta magia cuando se forma un equipo improvisado que funciona: tres desconocidos, cada uno cumpliendo su rol sin palabras, venciendo juntos a lo imposible.
Héroes malditos: clases con identidad
El sistema de clases, los «Nightfarers», es uno de los puntos fuertes del juego. Hay seis disponibles desde el inicio (más dos desbloqueables), y cada una tiene habilidades únicas, estadísticas propias y una «Ultimate Art» que puede inclinar la balanza de una partida. Sylvestre, Guardián o Reclusa son nombres que pronto asociarás a funciones claras dentro del escuadrón: tanque, soporte, DPS, etc.

La sinergia entre clases es clave, y aunque no hay builds tan complejas como en Elden Ring, las decisiones importan. Dominar a la Ejecutora y clavar un parry letal o usar la habilidad del Guardián para revivir a un aliado en el último segundo se sienten como momentos memorables. Cada clase aporta estilo, y aunque algunas se perciben más útiles que otras en ciertos contextos, todas tienen su espacio. Las reliquias de final de campaña también introducen elementos poderosos que permiten moldear sutilmente el estilo de juego.
Ecos familiares en un mundo reinventado
Visualmente, Nightreign es tan bello como predecible. Reutiliza muchos activos del Elden Ring original —castillos góticos, ciénagas tóxicas, ruinas derruidas— pero los reorganiza en mapas aleatorios con resultados dispares. A veces genera paisajes impresionantes; otras, una mezcla repetitiva y sin alma. El efecto sorpresa dura poco, y en pocas horas verás enemigos, ubicaciones y estructuras repetidas.

La música de Nightreign, sin embargo, mantiene el nivel. Las composiciones orquestales para los Nightlords son épicas, imponentes, y elevan cada combate a una ópera de destrucción. Algunos temas, como el del Augur o el Fisura en la Niebla, destacan con fuerza y consiguen emocionar en plena masacre. El diseño sonoro de ataques, gritos enemigos y ambientes añade capas de inmersión que refuerzan la tensión. La ausencia de voces no se nota: el lenguaje aquí sigue siendo el del acero y la desesperación.
Señores de la noche: la corona del dolor
Los Nightlords son, sin duda, el plato fuerte. Jefes nuevos, monstruosos, que combinan mecánicas MMO con ataques Soulsborne. Cada uno tiene varios patrones, fases espectaculares, y una estética tan delirante como fascinante. Derrotarlos es siempre una experiencia intensa, especialmente en equipo, y algunas de sus debilidades están ocultas tras mecánicas sorprendentes.

No todo es perfecto. Algunos jefes caen en el cliché de flotar, huir o abusar del AoE, lo que castiga especialmente a los jugadores cuerpo a cuerpo. El sistema de fijado (lock-on) también falla en momentos clave, apuntando enemigos erróneos o perdiendo el blanco en combates caóticos. Aun así, es en estos enfrentamientos donde Nightreign brilla más. Combates como el del Señor Equilibrado o el Cazador de Gargantas figuran entre los más espectaculares que FromSoftware ha diseñado, sin perder la exigencia técnica.
Veredicto: sombras compartidas, luces difusas
Elden Ring: Nightreign es una reinterpretación valiente, irregular, y a veces brillante del universo Souls. Como experiencia cooperativa, tiene picos de intensidad que pocos juegos pueden igualar. Pero sus carencias estructurales —repetición temprana, matchmaking inestable, progresión narrativa difusa— lastran lo que podría haber sido una revolución.
Nightreign es un juego para expertos, para grupos bien coordinados, para quienes conocen los entresijos de las builds, las debilidades elementales y la danza mortal de los parries. No está hecho para todos. Y, en cierta forma, Nightreign lo sabe. Su alma no está en la contemplación, sino en el rugido de una espada compartida.

Kalas
Veterano en esto de escribir sobre videojuegos, pero un día me cansé y decidí fundar mi propia web. No soy amante de las marcas, sino de los buenos juegos, aunque Nintendo ha estado muy presente en mi infancia. Sobrevivo en mi lucha por convertirme en un especialista en Asia Oriental.