
Hay juegos que desde el primer minuto dejan claro que saben exactamente lo que quieren ser. The Drifter, la aventura point-and-click del estudio australiano Powerhoof, es uno de ellos. Llegó a PC en julio de 2025 cosechando elogios, y su salto a Nintendo Switch 2 no solo confirma esa reputación sino que parece haber encontrado en la portátil de Nintendo su plataforma natural. Noir de píxeles, humor negro, muertes repetidas y una historia sobre un hombre que lleva años huyendo de sí mismo: así se presenta Mick Carter, uno de los protagonistas más memorables del género en años.
Un perdedor con mucho bagaje
Mick es un vagabundo que vuelve a su ciudad natal para el funeral de su madre después de cinco años de ausencia. Dejó atrás a su ex mujer Sarah, nunca superó la muerte de su hijo ni acudió a su entierro, y lleva toda esa carga a cuestas en cada interacción, en cada línea de diálogo, en la propia postura encorvada con la que su sprite recorre la pantalla como si la vida le hubiera doblado literalmente la columna. Su respuesta por defecto ante casi cualquier situación es alguna variación de «esto es una estupidez», y el juego se encarga de ponerle a prueba sin descanso.
Lo que empieza como un regreso incómodo se convierte en minutos en algo mucho más oscuro: un indigente que viajaba con él en el vagón de mercancías es asesinado, y Mick queda enredado en una conspiración que involucra experimentos científicos secretos, organizaciones en las sombras y leyendas urbanas que resultan ser bastante reales. La historia mezcla el thriller de conspiración con el horror sobrenatural de John Carpenter y el pulp de Stephen King, y lo hace con una escritura que sabe cuándo ser sarcástica, cuándo ser cruel y cuándo, en los momentos justos, ser genuinamente emotiva. Bajo todo el ruido de la trama, The Drifter es en realidad una historia sobre la culpa, el abandono y lo que ocurre cuando dejas de huir y permites que quienes te quieren te ayuden, aunque no merezcas su ayuda.

La muerte como mecánica
El elemento que distingue a The Drifter de casi cualquier otra aventura del género es su relación con la muerte del protagonista. El proyecto de viaje en el tiempo que está en el centro de la conspiración requiere que alguien muera para activarse, y ese alguien suele ser Mick. A lo largo del juego es disparado, ahogado, envenenado, aplastado, arrojado desde edificios y sometido a prácticamente todos los finales violentos que el pixel art puede representar con humor gore al estilo de los Looney Tunes. Cada muerte está animada con un timing cómico impecable y una creatividad que escala hacia el final, cuando el juego directamente te invita a encontrar formas cada vez más absurdas de acabar con él para resolver problemas. La energía es la misma que Happy Death Day (Feliz día de tu muerte): la muerte deja de ser un fallo y se convierte en parte del chiste.

Esto también tiene implicaciones mecánicas muy bien resueltas. Los fallos no se sienten como interrupciones externas a la narrativa sino como parte de ella, lo que mantiene la inmersión incluso en las secuencias más exigentes. Las escenas de acción con tiempo limitado, donde hay que tomar decisiones rápidas bajo presión, son algunos de los mejores momentos del juego: la banda sonora de sintetizadores sube de intensidad, el margen de error se estrecha y cuando Mick finalmente sale del apuro, el alivio es completamente compartido.

Point-and-click sin fricción
El género tiene una historia larga de interfaces que se interponen entre el jugador y la historia. The Drifter resuelve esto con un sistema radial contextual: un pequeño círculo alrededor de Mick muestra los puntos de interés cercanos, que van apareciendo y desapareciendo según la proximidad, y los gatillos del mando activan interacciones y combinan objetos. No hay hotspots diminutos que rastrear por los rincones de la pantalla, no hay verbos que seleccionar, no hay inventarios interminables de objetos inútiles. El resultado es una de las pocas aventuras de apuntar y hacer clic que se siente genuinamente cómoda en un mando de consola, no simplemente tolerada.

Los puzles son, en su mayoría, lógicos y bien construidos. Los mejores momentos son los que dejan al jugador deducir la solución por observación y recompensarle con una sensación clara de revelación. Los momentos menos inspirados son aquellos donde la solución solo aparece por ensayo y error, o donde hay que ir y volver entre zonas para interacciones únicas que alargan artificialmente un juego que en su mejor versión es tenso y enfocado. El sistema radial también puede saturarse cuando hay muchos puntos de interés juntos, dificultando seleccionar el correcto. Son fricciones menores en una experiencia que la mayor parte del tiempo fluye con una naturalidad poco común en el género. La ausencia de un sistema de pistas refuerza la autonomía del jugador, aunque puede generar algún bloqueo innecesario.

Píxeles con alma
El trabajo artístico de The Drifter va mucho más allá del homenaje nostálgico. Los entornos urbanos en descomposición, los interiores claustrofóbicos y los contrastes de iluminación dramáticos construyen una atmósfera opresiva que se sostiene de principio a fin. Las animaciones son excepcionalmente expresivas: un Mick entrando de puntillas en una oficina con un shuffle digno de Scooby-Doo, recogiendo objetos de una papelera muy despacio, o resoplando y encogiéndose de hombros ante otro absurdo que tiene que gestionar, comunican más sobre el personaje que cualquier línea de diálogo. La yuxtaposición entre ese humor visual y la dureza de algunas escenas puede resultar impactante; el juego no avisa de hasta dónde está dispuesto a llegar, y hay momentos que conviene afrontar preparado.

La banda sonora de sintetizadores evoca el thriller y el horror de serie B sin sonar derivativa, y el doblaje es uno de los mejores argumentos del juego. Adrian Vaughan como Mick ofrece una de las actuaciones más completas que el género ha producido: sardónico y vulnerable, furioso y roto, capaz de hacer creíble a un personaje que vive situaciones cada vez más inverosímiles porque su dolor de fondo es completamente real. El elenco secundario, desde la periodista con olfato para el escándalo hasta el detective de humor seco pasando por una hermana que esconde más de lo que parece, está a la altura y tiene siempre un comentario a costa de Mick a punto.

La portátil perfecta para este juego
The Drifter estructura su historia como una serie de televisión: cada capítulo termina con un giro, una revelación, un problema nuevo que Mick tendrá que resolver de la peor manera posible. Es el tipo de juego que prometes dejar después del siguiente capítulo y que de repente llevas tres horas jugando. En ese sentido, la Nintendo Switch 2 en modo portátil es su formato ideal: pick up, un capítulo, cliffhanger, otro capítulo, y de repente es medianoche. El juego también tiene el mérito de mantener el control sobre su propia ambición hasta el final: la trama acumula capas y más capas de rareza, pero todo encaja, el arco tiene cierre y el desenlace es satisfactorio de una forma que las aventuras de misterio raramente logran.

Kalas
Veterano en esto de escribir sobre videojuegos, pero un día me cansé y decidí fundar mi propia web. No soy amante de las marcas, sino de los buenos juegos, aunque Nintendo ha estado muy presente en mi infancia. Sobrevivo en mi lucha por convertirme en un especialista en Asia Oriental.
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