
Hay algo especialmente llamativo en que un único desarrollador sea capaz de construir un mundo tan denso y coherente como el de Hollowbody. Nathan Hamley, bajo el sello Headware Games, ha creado a mano cada objeto del juego, desde los modelos hasta los entornos, con una ambición que se nota en cada rincón de esta Inglaterra distópica. Hollowbody es un survival horror tech-noir ambientado en una Bretaña del futuro cercano, donde juegas como Mica, una transportista ilegal del mercado negro que se adentra en una zona de exclusión sellada para encontrar a su pareja desaparecida, Sasha. Lo que encontrará allí son ruinas, silencio, una biomasa negra que lo invade todo y criaturas que apenas se distinguen de los postes de luz en la oscuridad. Esta versión de consola llega con todas las actualizaciones post-lanzamiento del PC, incluyendo una perspectiva en tercera persona, un nuevo objetivo secundario y un tercer final secreto.
Una Inglaterra que se pudre con elegancia
El mayor activo de Hollowbody no es su historia sino su mundo. Las casas de ladrillo rojo resistiendo entre la putrefacción, los controles de seguridad vacíos, los bloques de pisos con escaleras iluminadas por fluorescentes parpadeantes, los pasillos demasiado largos y demasiado vacíos: todo construye una atmósfera opresiva que recuerda más a 28 Días Después que a la América deteriorada de Silent Hill. Es una decadencia específicamente británica, reconocible y extraña a la vez, que da al juego una identidad de lugar que el género rara vez tiene.

Pero el mundo de Hollowbody no es solo estética. Las notas dispersas y las transmisiones de radio cuentan la historia de una ciudad a la que prometieron una renovación económica y la dejaron pudrirse. El horror aquí es personal y político a partes iguales: un momento estás esquivando criaturas deformes y al siguiente lees sobre esperanzas rotas que resultan incómodamente cercanas. La narración ambiental también funciona a través de los propios cadáveres, cuyo diseño revela lo que ocurrió sin necesidad de texto adicional. Es poderoso sin resultar predicador.
La historia central, sin embargo, no alcanza esa misma altura. Nunca queda del todo claro por qué Sasha entró en la zona de exclusión ni qué esperaba encontrar. Mica se comunica por teléfono con alguien que claramente sabe cosas sobre ella, y hay un personaje que lleva tiempo viviendo dentro de la zona: ambos hilos tienen potencial pero nunca se desarrollan de forma satisfactoria. El desenlace llega de forma abrupta, y aunque el juego confirma que hay múltiples finales, durante la partida no hay pistas claras de cómo influir en ellos.
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El peso de la autenticidad retro
Hollowbody tiene influencias muy claras: Silent Hill, Resident Evil, Parasite Eve. La cámara fija, los ángulos cinematográficos, las señales de audio al acercarse los monstruos, los descriptores de texto de una sola línea al inspeccionar objetos, todo remite a aquella era con una fidelidad que va más allá del homenaje superficial. El estilo visual de era PlayStation 2, con modelos de baja poligonización, iluminación tenue y entornos sucios, no parece perezoso sino intencionado: una habitación puede sentirse amenazante aunque no haya nada dentro.

El sonido hace un trabajo excepcional. Zumbidos graves, golpes musicales repentinos y el silencio vacío de la zona hacen más por el terror que cualquier susto directo. La actuación de voz es sorprendentemente sólida para una producción de este tamaño. Y la cámara fija, cuando funciona como lenguaje de diseño y no como limitación técnica, enmarca los espacios de una manera que añade tensión a movimientos tan simples como doblar una esquina. Hay un nivel en las alcantarillas especialmente desorientador que, en partidas posteriores, provocaba auténtica aprensión al acercarse a él.
El problema es que Hollowbody no solo recrea la atmósfera de aquella era sino también sus errores. La cámara fija en espacios complejos y verticales, como un bloque de pisos laberíntico, puede provocar confusión genuinamente frustrante en lugar de desorientación controlada. Algunos ángulos ocultan objetos cruciales de forma que parece involuntaria. Un puzle de baterías a mitad del juego tiene una lógica que no comunica bien sus reglas. El juego ofrece una perspectiva en tercera persona como alternativa, que suaviza algunos de estos problemas de navegación aunque no los resuelve completamente: para quienes vengan del género, la cámara fija sigue siendo la forma más rica de jugarlo.

Supervivencia a duras penas
El combate de Hollowbody es donde la autenticidad retro resulta más costosa. Las armas cuerpo a cuerpo, una tabla con clavos, una guitarra eléctrica, una señal de tráfico, tienen todo el sabor del género pero se sienten torpes, lentas y poco fiables en la práctica. El rango es demasiado corto, los patrones de ataque de los enemigos son pocos pero impredecibles, y en situaciones con varios a la vez el combate se convierte en pura supervivencia por encima de cualquier intento de resolución. El combate a distancia funciona mejor: el revólver inicial, el arco y la escopeta que se van encontrando tienen el peso suficiente, y el apuntado automático con L2 hace los enfrentamientos tensos sin volverlos desesperantes. La munición es tan escasa que cada bala es una decisión.

Los puntos de guardado son escasos y muy separados entre sí, sin autoguardado salvo al comenzar nuevas áreas. Eso convierte cada tramo de progreso en algo con consecuencias reales: hay momentos en los que avanzar con poca salud y sin puntos de guardado cercanos genera una tensión genuina que los juegos modernos del género rara vez alcanzan. En la dificultad más alta, los cuerpos de los enemigos deben quemarse para que no revivan, lo que añade una capa más de gestión, aunque el proceso de ir al menú, seleccionar el mechero, usarlo y volver al juego rompe el ritmo de forma más torpe de lo que el género requiere. La buena noticia es que huir funciona sorprendentemente bien y el juego lo incentiva activamente, aunque eso también reduce la tensión en los momentos en que los encuentros deberían ser inevitables.
Los rompecabezas son funcionales y en sus mejores momentos aprovechan bien la exploración y la atención al entorno. No sorprenden con frecuencia, son principalmente mecánicas de llave y cerradura o uso simple de objetos, pero cuando uno encaja y abre un área nueva, hay una satisfacción limpia que recuerda por qué el género perdura.

Conclusión
Hollowbody es un logro notable para un proyecto de desarrollo casi unipersonal. Construye un mundo con identidad propia, una atmósfera que se sostiene de principio a fin y una propuesta de diseño coherente que respeta sus influencias sin limitarse a copiarlas. Sus cuatro horas son densas y bien aprovechadas, con una decadencia específicamente británica que resulta refrescante en un género dominado por estéticas japonesas y americanas.
Sus limitaciones son reales: la historia no recompensa la inversión emocional que el mundo merece, el combate cuerpo a cuerpo es más obstáculo que herramienta, y la fidelidad retro a veces cruza la línea entre homenaje intencionado y frustración innecesaria. Pero para quienes buscan un survival horror de corta duración con atmósfera auténtica y un mundo que se queda en la memoria, Hollowbody es exactamente lo que promete.

Kalas
Veterano en esto de escribir sobre videojuegos, pero un día me cansé y decidí fundar mi propia web. No soy amante de las marcas, sino de los buenos juegos, aunque Nintendo ha estado muy presente en mi infancia. Sobrevivo en mi lucha por convertirme en un especialista en Asia Oriental.